Sobre mí

Elena Merino
Hola, mi nombre es Elena. Gracias por dedicar tu tiempo a bucear en mi mundo. Nací en Madrid en 1977, en un momento de mucho cambio social, y tuve la suerte de vivir mi niñez en una época que me resultó creativa y floreciente.
Desde muy niña empecé a buscar la forma de dar salida a mi creatividad, entender cómo era el mundo para mí, cómo relacionarme con él, y por supuesto que mi cuerpo siempre tuvo todas las claves. Moverme siempre ha sido mi forma más natural y plena de existir, de SER.
Siempre he bailado, incluso antes de saber qué era eso, y pronto comencé a explorar mi capacidad para moverme.
Mi primer contacto con la danza formal fue a los ocho años a través del ballet clásico, donde descubrí un código para poder ordenar y comprender el movimiento de mi cuerpo.
Más tarde me enamoré del jazz y la danza moderna, y a través de ella conocí otra energía e intensidad que enriqueció mi danza y mi capacidad de expresión. En ese tiempo exploré cualidades muy distintas, y también inicié mi carrera profesional como docente; de esto hace ya más de veinte años.
Ya al final de mi adolescencia, sentí la necesidad de tener una titulación oficial, y estudié en la ISTD (Imperial society teachers of dancing, especialidad en Danza Moderna) de Londres en una escuela de Madrid, donde me gradué con matrícula de honor. Aquello fue un gran triunfo para mí. Mi maestra que me ayudó a llegar ahí, puso en mi horizonte su confianza en mis posibilidades, y aquello me catapultó como un cohete a conseguir ese logro. Gracias Liz, por creer en mí y hacer que yo también lo creyera posible.
Comenzar a ofrecer clases de danza fue un punto de inflexión. A mis veintidós años pasé a tener a mi cargo una larga lista de alumnas, de muy diferente condición, edad e intereses. Acompañar a un gran número de personas, todas diversas, en su contacto con el cuerpo, me dió una perspectiva muy rica y contrastada de cómo trabajar el movimiento desde diferentes puntos de vista.
He aprendido mucho sobre la naturaleza del movimiento en estos años, y cómo este sirve a nuestras necesidades más vivas en cada momento de la vida: desde la exploración ilimitada a los cinco años hasta la necesidad de sentirse aún viva a los ochenta y dos. Trabajar con personas tan distintas me ha regalado muchas herramientas, y muy diferentes maneras de abordar el trabajo con el cuerpo, tanto a nivel físico como creativo.
En paralelo a mi camino como docente de danza, estudié Magisterio Musical en la UCM (Universidad Complutense de Madrid). Tras profundizar en la técnica del movimiento me surgió la necesidad de comprender la música de un modo más analítico. Esto me abrió un campo de investigación inmenso, pues para mí la música es el motor de mi expresión.
De forma innata, mi relación con la música siempre ha sido intensa. Es una parte esencial de mi vida. Me ayuda a dar forma a mi imaginación, y también a sentir y expresar sin la necesidad de comprenderlo. Podría decir que la música da forma a mi intuición, y muestra todo lo oculto a los ojos.
Mi formación musical enriqueció mucho mi labor pedagógica y creativa, añadiendo un mayor grado de riqueza a mi comprensión del movimiento y la expresión.
Tras varios años como docente, surgió la necesidad de explorar mi faceta como creadora. Comencé a recibir talleres coreográficos con artistas nacionales e internacionales, donde pude explorar otras formas de abordar el trabajo con el cuerpo.
Esto supuso en cierta medida un retorno a mí misma, a explorar más profundamente las posibilidades de mi cuerpo y mi expresividad, y me inicié en el camino de comprender mi propia visión de la creación.
Emprendí mi camino como creadora realizando obras de videodanza y danza escénica, que tuve la oportunidad de mostrar en diferentes espacios escénicos.
Tras varios años como creadora sufrí varios problemas de salud que me impusieron una larga pausa en mi carrera profesional y mi vida personal.
Una vez superados los problemas de salud fui madre, y durante varios años me he centrado en la labor de acompañar a mi hijo en su llegada al mundo, lo que me ha transformado profundamente. La maternidad ha supuesto una enorme metamorfosis para mí, un volver a nacer, y tras dedicarme plenamente a ser madre durante un tiempo vuelvo a retomar mi labor profesional, mucho más sabia y más libre.
En este momento de la vida siento que todo lo aprendido, todo lo experimentado, me da la posibilidad de vivir la relación con mi cuerpo de un modo más profundo e intenso, y también de acompañar a otras personas en este viaje con esa profundidad e intensidad ganadas en este tiempo. Doy las gracias por poder compartir mi manera de abordar la relación con el movimiento y su capacidad transformadora, y disfrutar del placer de bailar la vida.
Hasta aquí mi presentación, una breve mirada a mi recorrido profesional y personal, aunque no creo en las descripciones personales. Somos puro cambio, impermanencia constante. Mi cuerpo en continua transformación siempre ha encontrado en la danza la manera para descubrir quién soy a cada paso.
Moverme me ayuda a descubrirme aquí y ahora, me ayuda a habitarme y también a ampliar el horizonte de lo que puedo ser.
Moverme me ayuda a conocerme, y también a inventarme, a saberme diversa a cada respiración.
Moverme me descubre cómo estar viva, cómo habitarme por dentro y habitarme hacia fuera.
Moverme me desvela cómo relacionarme con lo incomprensible.
Moverme es aprender a estar viva.
Moverme es sentirme.
Moverme es habitar el mundo, es dejar fluir la energía, es también sorprenderme, desapegarme de mi imagen de mí misma, es materializar mi espíritu y dejarlo volar, existir para dejar de existir a cada instante.
Es no apegarme a lo conocido y descubrir también lo que siempre está.
Es ver dónde habitan mis energías y darles carril para que se expresen.
Es ver mucho más allá.
Es sentir sin límite.
Gracias por todo ello.
El taller de abajo
He crecido en una familia donde la creatividad siempre estaba muy presente. Mi madre cosía, mis abuelos eran sastres, mi padre era ebanista. Siempre he estado rodeada por personas que creaban cosas con sus manos, y convirtieron eso en su manera de ganarse la vida, y por supuesto que eso ha definido mi manera de ver el mundo.
Mi madre tenía su taller de costura en su habitación, y mi padre su taller de ebanistería bajo nuestra casa. Para mí era mágico entrar allí, en un lugar donde olía a serrín y a cuerpos transpirados.
El taller de abajo de mi casa era un lugar donde la imaginación tomaba cuerpo, y hoy lo sigue siendo.
‘El taller de abajo’ es un espacio donde el cuerpo y el movimiento son los protagonistas, un lugar donde todo es posible. Gracias por venir, ¡caminemos juntas!